CLASIFICACIÓN:
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EMOCIONES
- AGRESIVIDAD
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AUTOR:
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Pedro
Pablo Sacristan
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EDAD:
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A partir
de tres años
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WEBGRAFÍA
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http://wwwcuentosparadormir.com
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QUE
TRABAJAMOS:
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Amar la
paz y odiar la guerra
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Había una vez una espada preciosa. Pertenecía a un gran rey, y desde siempre había estado en palacio, participando en sus entrenamientos y exhibiciones, enormemente orgullosa. Hasta que un día, una gran discusión entre su majestad y el rey del país vecino, terminó con ambos reinos declarándose la guerra.
La espada estaba
emocionada con su primera participación en una batalla de verdad. Demostraría a
todos lo valiente y especial que era, y ganaría una gran fama. Así estuvo
imaginándose vencedora de muchos combates mientras iban de camino al frente.
Pero cuando llegaron, ya había habido una primera batalla, y la espada pudo ver
el resultado de la guerra. Aquello no tenía nada que ver con lo que había
imaginado: nada de caballeros limpios, elegantes y triunfadores con sus armas
relucientes; allí sólo había armas rotas y melladas, y muchísima gente
sufriendo hambre y sed; casi no había comida y todo estaba lleno de suciedad
envuelta en el olor más repugnante; muchos estaban medio muertos y tirados por
el suelo y todos sangraban por múltiples heridas...
Entonces la espada se
dio cuenta de que no le gustaban las guerras ni las batallas. Ella prefería
estar en paz y dedicarse a participar en torneos y concursos. Así que durante
aquella noche previa a la gran batalla final, la espada buscaba la forma de
impedirla. Finalmente, empezó a vibrar. Al principio emitía un pequeño zumbido,
pero el sonido fue creciendo, hasta convertirse en un molesto sonido metálico.
Las espadas y armaduras del resto de soldados preguntaron a la espada del rey
qué estaba haciendo, y ésta les dijo:
- "No quiero que haya batalla mañana, no
me gusta la guerra".
- "A ninguno nos gusta, pero ¿qué podemos
hacer?".
- "Vibrad como yo lo hago. Si hacemos
suficiente ruido nadie podrá dormir".
Entonces las armas
empezaron a vibrar, y el ruido fue creciendo hasta hacerse ensordecedor, y se
hizo tan grande que llegó hasta el campamento de los enemigos, cuyas armas,
hartas también de la guerra, se unieron a la gran protesta.
A la mañana siguiente,
cuando debía comenzar la batalla, ningún soldado estaba preparado. Nadie había
conseguido dormir ni un poquito, ni siquiera los reyes y los generales, así que
todos pasaron el día entero durmiendo. Cuando comenzaron a despertar al
atardecer, decidieron dejar la batalla para el día siguiente.
Pero las armas,
lideradas por la espada del rey, volvieron a pasar la noche entonando su canto
de paz, y nuevamente ningún soldado pudo descansar, teniendo que aplazar de
nuevo la batalla, y lo mismo se repitió durante los siguientes siete días. Al
atardecer del séptimo día, los reyes de los dos bandos se reunieron para ver
qué podían hacer en aquella situación. Ambos estaban muy enfadados por su
anterior discusión, pero al poco de estar juntos, comenzaron a comentar las
noches sin sueño que habían tenido, la extrañeza de sus soldados, el
desconcierto del día y la noche y las divertidas situaciones que había creado,
y poco después ambos reían amistosamente con todas aquellas historietas.
Afortunadamente,
olvidaron sus antiguas disputas y pusieron fin a la guerra, volviendo cada uno
a su país con la alegría de no haber tenido que luchar y de haber recuperado un
amigo. Y de cuando en cuando los reyes se reunían para comentar sus aventuras
como reyes, comprendiendo que eran muchas más las cosas que los unían que las
que los separaban. FIN
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